Mi abuelo “El Capi”
Te amo abuelo, extraño esos ojos claros mirándome, como algunas tardes que te sorprendí, en que me sentaba a ver pasar el tiempo y las mariposas en el portal de la casa, a la sombra de la mora junto a ti.
Quizá te veías en mí, y dabas gracias a la vida porque yo sí tenía un padre y un abuelo a mi lado, que tendría una vida menos dura que la tuya, después de todo por eso habías luchado en la Revolución, ¡ahora lo sé!
La semana pasada los sentimientos me hicieron llorar. Me preguntaron sobre mi familia, y al empezar a contar sobre mi abuelo, tomé conciencia de lo que significó su vida. Pensar en quedar huérfano a los cinco años… me hizo llorar.
Mi abuelo fue militar desde los 17 años y participó en la Revolución. Nació en la Hacienda San Rafael de la Villa de Guadalupe, Nuevo León. Su padre murió joven. Su vida fue dura desde el inicio.
Mi abuela, Natalia Vega Ortega, lo acompañó en una vida de constantes traslados. Así era la vida del militar: la familia siempre a cuestas.
Aún recuerdo a mi abuela con su delantal celeste, haciendo mole en el metate, con paciencia y oficio. Ese metate ya traía historia: caminos, esfuerzo, manos cansadas.
En mi infancia, me tocaba llevar el nixtamal al molino, cruzando rieles y acequias. Eran otros tiempos, más sencillos, más seguros.
Qué dura vida y qué vida tan generosa la de mis abuelos. Su casa siempre llena, siempre había lugar para alguien más. Yo no entendía entonces lo que eso significaba.
Cuando murió mi abuelo yo tenía casi 12 años. Recuerdo la velación, los honores militares, el llanto… fue mi primer encuentro con la muerte.
¿Extraño a mis abuelos? Sí. A veces los recuerdos son luz, a veces sombra. Pero siempre están ahí.
No es queja. Es reconocimiento. Es gratitud.
Nunca, nunca es tarde.