Es tarde y está lloviendo, pero aquí adentro se asoman los recuerdos mientras oigo la lluvia.
Me remonto al verano de 1955. Tenía unos 8 años. Muchas tardes las pasaba tirado en el piso de pasta, mosaicos verde clarito con vetas blancas… como si los estuviera viendo ahorita.
Hacía mucho calor. El sol no respetaba ni la sombra de la mora junto al porche. Ahí, bajo el techo de teja, rodeado de macetas, se estaba a gusto. Me recuerdo sin camisa, echado de panza, viendo de cerca las vetas del piso… y alguna hormiga perdida.
Las “mantequeras”. No sé por qué se llamaban así, pero recuerdo su olor cuando las aplastaba.
También estaban las hormigas rojas. Esas sí eran enemigas. Se me trepaban sin darme cuenta… y de pronto el ardor. Aprendí a evitarlas.
Veía pasar mariposas —las amarillas eran mis favoritas— y por las noches luciérnagas. A veces pasaban chivas comiendo mezquites. Me sorprendía cómo sacaban hojas entre espinas.
Y entonces aparecía Don Anselmo.
Un viejito que olía a humo de leña, con huaraches y sombrero de ala ancha. A veces vendía cacahuates… pero lo mejor eran las charamuscas.
—¿Charamusca?
No sabía qué era. Sacó un pedazo con una espátula… la probé… y me atrapó.
—Vendo desde 5 centavos.
Corrí con mi abuelo. Se asomó, reconoció a Don Anselmo… y me dio los cinco centavos.